Es posible perder de vista que en la trilogía libertad religiosa-laicidad-igualdad, el punto de partida no es la laicidad, sino la realidad positiva y enriquecedora del fenómeno religioso, y el derecho fundamental que tiene por objeto precisamente la vida religiosa de personas y grupos. En un segundo “momento” se llega a lo que es propio y específico de la laicidad: la distinción de funciones y competencias entre el Estado y las iglesias o confesiones religiosas. En este sentido, la laicidad no funda la libertad religiosa sino que está a su servicio.